No hay apuro ni sofoco
Es jueves y el cielo está nublado. Partimos del casco viejo que tiene un colorido que me recuerda a Valparaíso, después bordeamos edificios con fachadas carcomidas por la humedad y la sal, y llegamos a otro barrio, de calles curvas. El auto se detiene frente a un portón enorme de madera del que se asoman plantas. El timbre es ridículamente pequeño, un círculo blanco del tamaño de una moneda de cinco centavos. Un hombre mayor me abre la puerta. Sandra Eleta está sentada en la esquina del sillón,