Tras siglos de incendios, terremotos y el paso del tiempo, el retablo mayor de la Catedral Basílica Santa María la Antigua se mantiene en pie como algo más que un símbolo de fe. De cara al inicio de la Semana Santa 2026, una investigación divulgada en el libro Tras la pista del retablo mayor de la Catedral de Panamá reconstruye su historia con matices, mostrando que durante años se repitieron versiones incompletas.
Según la licenciada en historia y con estudios en gestión de museos, Wendy Tribaldos, el retablo no solo “sobrevivió”, sino que también fue transformándose: en su forma, en los materiales con que fue construido y en las capas que diferentes intervenciones fueron sumando con el tiempo.
Lo que se creía sobre su origen
Durante años, se dijo que el retablo se concluyó en el obispado de Manuel Joaquín González de Acuña. Sin embargo, el trabajo de investigación reúne evidencia para afirmar que fue iniciado por otros obispos y que su construcción tomó muchísimo tiempo, por lo que su historia sería más compleja de lo que se repetía.
La “apariencia” de mármol era una ilusión
A simple vista, el retablo parece tallado en mármol. Pero los hallazgos que recoge el texto señalan que no es así. En su interior “late la caoba”, una madera densa abundante en el istmo.
Durante años se creyó que se trataba de cedro, hasta que estudios científicos lo desmintieron. Además, el artículo vincula la elección del acabado con el contexto de la época: había regulaciones provenientes de España y órdenes del rey que prohibían los retablos barrocos por considerarlos demasiado ostentosos. La solución local, explicada por Tribaldos, fue crear un retablo híbrido: madera recubierta con yeso y pintura para imitar mármol, cumpliendo así con la normativa sin renunciar a la elaboración del conjunto.
Cicatrices del incendio y vida escondida
El retablo también conserva señales del pasado. En la restauración de 2018, realizada por la empresa portuguesa Dalmática, aparecieron maderas oscurecidas y marcas asociadas al incendio de 1870, que casi destruyó el templo.
Pero entre lo que emergió no solo hubo destrucción. Entre capas de oro, se encontraron nidos de abejas orquídea (Eufriesea surinamensis). Ese hallazgo se envió a científicos del Instituto Smithsonian, quienes identificaron granos de polen dentro de las celdas del nido y realizaron el primer estudio de polen en celdas de cría de esta especie. El resultado permitió, según el texto, una oportunidad para describir la vegetación en Panamá a finales del siglo XIX.
El oro recuperado y una pintura del siglo XVIII
Durante años, el retablo lució oscuro y casi opaco. El artículo atribuye ese aspecto a capas de purpurina y escarcha oxidada añadidas en intervenciones anteriores. La restauración permitió retirar esos recubrimientos con cuidado y revelar el pan de oro original de 23 quilates.
Asimismo, detrás de la estructura principal apareció un mural del siglo XVIII: un trampantojo que simula un cortinaje abierto por ángeles. El texto indica que antes del retablo actual existió uno más pequeño y que ese mural lo envolvía y lo completaba, funcionando como otra forma de transmitir la fe.
“Nada en el retablo es estático”, afirma Tribaldos en el artículo. “Ha cambiado por incendios, por gustos, por normas. Es una obra viva”.
Patrimonio que interpela
Mientras la Catedral se llena de visitantes en vísperas de Semana Santa, el retablo no solo invita a la contemplación. También plantea una advertencia sobre el cuidado del patrimonio: para Tribaldos, la desidia con el legado es un problema que se debe corregir investigando, cuestionando y protegiendo lo que se hereda.
Parte de estos hallazgos y reflexiones están recogidos en el libro Tras la pista del retablo mayor de la Catedral de Panamá, disponible de forma gratuita a través de la hemeroteca digital de la Biblioteca Nacional Ernesto J. Castillero.